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El blog de JULIO

Blog de Difusion de La Obra Profetica de Benjamin Solari Parravicini y Otros Profetas

FILÓN. SOBRE LA CREACIÓN DEL MUNDO (100-149)

Publicado en 12 Noviembre 2011 por EL BLOG DE JULIO (La Biblia y B.S.Parravicini) in Apocrifos

100. Solamente el 7, como digo, es de naturaleza tal, que ni divide ni es divisible. Por esta razón los otros filósofos asimilan este número a la no engendrada y virgen Nice,32la que, según la tradición, surgió de la cabeza de Zeus; en tanto que los pitagóricos lo identifican con el Soberano del universo. Se fundan éstos en que lo que ni engendra ni es engendrado permanece inmóvil, puesto que es la generación lo que implica movimiento, como que ni lo que engendra ni lo que es engendrado pueden darse sin movimiento; lo primero para engendrar, lo segundo para ser engendrado. Y sólo un ser existe que ni mueve ni es movido: el venerable Soberano y Guía, del que acertadamente podría decirse que el 7 es una imagen. Confirma esta aserción mía Filolao 33en estas palabras: “Existe”, dice, “un Guía y Soberano de todas las cosas, Dios, que es siempre uno, permanente, inmóvil, idéntico a Sí mismo, distinto de los demás.”

32Trátase de Palas Atenea (Minerva), divinidad nacida, según una tradición, de la cabeza de Zeus, abierta de un hachazo por Hefesto (Vulcano). Téngase presente que ser factor y ser divisible o producto se expresan en griego por gennán = engendrar en voz activa y en pasiva respectivamente.

33Filósofo pitagórico del siglo V a. C.

 

101. XXXIV. En el orden, pues, de las cosas aprehensibles por la inteligencia el 7 pone de manifiesto lo carente de movimiento y libre de pasión; en tanto que en el de las cosas sensibles exhibe una inmensa potencia, de trascendencia suma [en el movimiento de los planetas], de los que se derivan naturales ventajas para todas las cosas de la tierra; y en las revoluciones de la luna. Hemos de examinar de qué manera. La suma de los números de 1 a 7 da 28,34número perfecto éste e igual a la suma de sus factores.35El número resultante es el de los días en que se cumple un ciclo lunar completo, y retorna la luna, menguando su tamaño, a aquella forma desde la que había comenzado su crecimiento de manera perceptible. Crece, en efecto, desde el primer brillo de la etapa creciente hasta la media luna en siete días; luego al cabo de otros tantos tiene lugar el plenilunio; y retorna en sentido inverso, como un corredor en la carrera de doble recorrido, por el mismo camino desde la luna llena hasta la media luna, otra vez en siete días, para luego desde ésta volver a la luna nueva en la misma cantidad de días, siendo la suma de todos los días empleados igual al ya mencionado número.

34 1 + 2 + 3 + 4 + 5 + 6 + 7 = 28.

35Igual a la suma de sus factores, como el 6 (ver 13): 1 + 2 + 4 + 7 + 14 = 28; siendo los sumandos sus factores porque 1 x 28 = 28; 2 x 14 = 28; 4 x 7 = 28.

 

102. Quienes acostumbran asignar nombres con toda propiedad llaman también “portador de perfección” al 7, por cuanto por él todas las cosas alcanzan su perfección. Pruebas de ello pueden extraerse del hecho de que todo cuerpo orgánico tiene tres dimensiones: largo, ancho y alto; y cuatro límites: punto, línea, superficie y sólido, sumados los cuales conjuntamente resultan ser 7. Mas hubiera sido imposible que estos cuerpos fueran medidos por el 7 de acuerdo con su constitución a partir de tres dimensiones y cuatro límites, si no ocurriera que las formas de los primeros números, 1, 2, 3 y 4, que son los fundamentos del 10,36contienen la naturaleza del 7, por cuanto dichos números contienen cuatro límites: el primero, el segundo, el tercero y el cuarto;37y tres intervalos: el primero, que va de 1 a 2; el segundo, que se extiende de 2 a 3; y el tercero, que separa 3 de 4.

36Porque 1 + 2 + 3 + 4 = 10.

37Los cuatro límites o términos son en este caso el 1, el 2, el 3 y el 4, números que encierran o limitan los tres intervalos: el que va del 1 al 2, el que va del 2 al 3, y el que va del 3 al 4. Nuestro vocablo término viene del latino términus = linde o límite.

 

103. XXXV. Aparte de las pruebas ya mencionadas, evidencian clarísimamente también la potencia perfeccionadora del 7 las etapas de la vida humana desde la infancia hasta la vejez, las que se distribuyen de la siguiente manera: durante los siete primeros años tiene lugar el crecimiento de los dientes; durante el segundo sobreviene la época de la posibilidad de emitir semen fecundante; en el tercero se produce el crecimiento de la barba; en el cuarto, el progresivo acrecentamiento de las fuerzas; en el quinto, la ocasión oportuna para los matrimonios; durante el sexto, la madurez del entendimiento; durante el séptimo, el mejoramiento y acrecentamiento progresivo de la inteligencia y la razón; en el octavo, la perfección de una y otra; en el noveno, la amabilidad y suavidad de trato, apaciguadas cada vez más las pasiones; y durante el décimo, el fin apetecible de la vida, cuando todavía los miembros del organismo se mantienen firmes. Porque una vejez prolongada suele abatidos y destruir a cada uno de ellos.

 

104. Entre los que han descrito estas edades está el legislador ateniense Solón, quien compuso estos versos elegíacos: “El niño, impúber aún y tierno infante, las hileras de dientes produce y echa fuera primeramente durante siete años; cuando Dios ha completado los otros siete años aparecen las señales de la juventud que sobreviene; en el tercer septenio la barba, a la par del desarrollo de sus miembros, le brota como flor de su cambiante piel; en el cuarto cada uno alcanza el tope de su vigor, el que los hombres tienen por signo de calidad personal; en el quinto sobreviene el momento oportuno para que el hombre se acuerde del matrimonio y se preocupe en adelante por engendrar hijos; en el sexto la inteligencia del hombre se ejercita en todo saber, y no desea ya, como antes, realizar acciones descabelladas; en el séptimo y el octavo, catorce años entre los dos septenios, llega a la suma excelencia en inteligencia y habla; en el noveno conserva, ciertamente, su fuerza, pero mengua la capacidad de su saber y su lengua para las realizaciones de alta calidad; y quien llegare a completar el décimo exactamente no llegará a la inevitable muerte en edad inoportuna.”

 

105. XXXVI. En los diez mencionados septenios distribuye pues, Solón la existencia humana. En cambio, el médico Hipócrates dice que las etapas de la vida son siete: infancia, niñez, adolescencia, mocedad, edad adulta, edad madura y vejez; y que estas etapas se miden por múltiplos de 7, aunque no según la sucesión regular. Dice así: “En la vida humana hay siete, etapas, que se llaman edades: infante, niño, adolescente, mozo, hombre adulto, hombre maduro y anciano. Se es infante durante siete años, mientras van creciendo los dientes; niño, hasta la emisión del semen, vale decir, hasta dos veces siete años; adolescente, hasta el crecimiento del pelo de la barba, o sea, hasta tres veces siete años; mozo, hasta el desarrollo total del cuerpo, es decir, hasta cuatro veces siete años; hombre adulto, hasta los cuarenta y nueve años, vale decir, hasta siete veces siete años; hombre maduro, hasta los cincuenta y seis, o sea, hasta siete veces ocho. A partir de entonces se es anciano.”

 

106. En ponderación de la admirable posición que el número siete ocupa en la naturaleza se menciona también lo siguiente, por cuanto se trata de la suma de 3 más 4. Si se multiplica por 2, se halla que el tercer número a contar desde la unidad es un cuadrado, y que el cuarto es un cubo, mientras el séptimo, y número que procede de ambos, es un cuadrado y un cubo a la vez.38En efecto, el tercer número en esta multiplicación por 2, a partir de la unidad, vale decir, el 4 es un cuadrado; el cuarto, o sea, el 8 es un cubo; y el séptimo, vale decir, el 64 es a la vez cubo y cuadrado. De modo que el número siete es realmente portador de perfección, como que proclama ambas correspondencias: con la superficie, a través del cuadrado en virtud de su parentesco con el 3; y con el sólido, a través del cubo en razón de su vinculación con el 4; puesto que 3 más 4 suman 7.

38Primer número: 1; segundo: 2 (2 x 1); tercero: 4 (2 x 2); cuarto: 8 (2 x 4); quinto: 16 (2 x 8); sexto: 32 (2 x 16); séptimo: 64 (2 x 32). El tercero de ellos, es decir, el 4, es un cuadrado (2 x 2); el cuarto, o sea el 8, es un cubo (2 x 2 x 2); en tanto que el séptimo, el 64 es un cuadrado (8 x 8) y un cubo (4 x 4 x 4).

 

107. XXXVII. Mas no es sólo portador de perfección, sino también, por así decir, armonioso en sumo grado y, en cierto modo, fuente de la más hermosa de las escalas, la que contiene todas las armonías: la de cuarta, la de quinta y la de octava, y además todas las proporciones, a saber: la aritmética, la geométrica y también la armónica. El esquema está formado con los siguientes números: 6, 8, 9, 12. El 2 se halla con respecto al 6 en la proporción 4/3, a la que se ajusta la armonía de 4; el 9 con respecto al 6, en la proporción 3/2, por la que se rige la armonía de 5; el 12 con respecto al 6, en la proporción 2/1, que regula la armonía de octava.

 

108. Como digo, encierra además todas las progresiones: la aritmética formada por 6, 9 y 12, pues el segundo término es mayor que el primero en tres unidades, y el tercero sobrepasa al segundo en el mismo número de ellas; la geométrica formada por los cuatro números, por cuanto la misma relación que existe entre 12 y 9, se da entre 8 y 6, siendo la proporción 4/3; y la armónica, formada por tres números: 6, 8 y 12.

 

109. Hay dos maneras de distinguir una progresión armónica. Una es la siguiente: se da tal progresión cuando la relación entre el último término y el primero es igual a la relación que existe entre la diferencia del último al intermedio, y la de éste al primero. Un ejemplo clarísimo puede hallarse en los números que tenemos ante nosotros: el 6, el 8 y el 12. El último es el doble del primero, y la diferencia 39también es el doble. En efecto, el 12 sobrepasa al 8 en cuatro unidades, y el 8 al 6 en dos, y 4 es el doble de 2.

39La diferencia entre el último (el 12) y el intermedio (el 8) es 4, en tanto que la diferencia entre el intermedio (8) y el primero (el 4) es 2, la mitad de 4.

 

110. Otra manera de comprobar la existencia de una proporción armónica es ésta. Se da esa proporción cuando el término intermedio sobrepasa a uno de los extremos en la misma proporción en que es sobrepasado por el otro. Así, el 8, que es el término intermedio, sobrepasa al primer extremo en un tercio, pues restándole 6 queda 2, que es un, tercio de 6; y es sobrepasado por el último en la misma fracción, pues restando 8 a 12 queda 4, que es un tercio de 12.

 

111. XXXVIII. Baste con lo dicho acerca de la alta dignidad que encierra esa figura, esquema o como deba llamársele. Tan grandes cualidades y otras más pone el 7 de manifiesto en orden de las cosas incorpóreas y aprehensibles por la inteligencia. Mas su naturaleza trasciende esa esfera y se extiende a toda sustancia visible sin excepción, al cielo y a la tierra, hasta los extremos del universo. Porque, ¿qué sector del universo no es amante del 7, hallándose dominado por el amor y apasionado deseo hacia él?

 

112. Por ejemplo, se nos dice que el cielo está ceñido por siete círculos, cuyos nombres son ártico, antártico, trópico estival, trópico invernal, equinoccio, zodíaco y además la Vía Láctea. El horizonte, en cambio, es una impresión subjetiva nuestra solamente y su circunferencia aparece ora mayor ora menor según sea penetrante nuestra vista o lo contrario. Siete, también, son precisamente los órdenes en que están distribuidos los planetas, la hueste contrapuesta a la de las estrellas fijas, los que manifiestan una inmensa simpatía hacia el aire y la tierra. Alteran, en efecto, y hacen variable al primero, de modo que resulten las llamadas estaciones del año, produciendo en el transcurso de cada una de ellas innumerables cambios mediante períodos de calma, de atmósfera serena, de nubes espesas y de vientos excesivamente violentos; y al mismo tiempo provocan las crecientes y las bajantes de los ríos; convierten llanuras en pantanos e, inversamente, las desecan; ocasionan cambios en los mares, cuando las aguas fluyen o refluyen.

 

113. A veces, en efecto, producido el reflujo de las aguas del mar, amplios golfos se convierten en bajo litoral repentinamente; y poco después, al volver el mar a derramarse, toman a ser profundísimo mar, navegable no sólo por pequeñas embarcaciones chatas sino también por naves de pesadas cargas. Y hacen, asimismo, crecer y llegar a su completo desarrollo a todas las cosas terrestres, tanto a las criaturas animadas como a las plantas productoras de frutos, preparándolas para perpetuar la naturaleza propia de cada una de ellas, de modo que nuevos individuos florezcan desde los viejos y lleguen a su plena madurez para proveer indefinidamente a los que los necesitan.

 

114. XXXIX. Siete, también, son las estrellas que forman la Osa Mayor, que dicen ser la guía de los navegantes. Con la vista puesta en ella los pilotos han trazado las innumerables rutas del mar, empeñados en una empresa increíble y superior a lo que cabe dentro de la humana naturaleza. Haciendo conjeturas basadas en las mencionadas estrellas, descubrieron los países hasta entonces desconocidos, islas los habitantes del continente, y tierras continentales los isleños. Correspondía, en efecto, que las partes más recónditas, así de la tierra como del mar, fueran puestas al alcance del conocimiento de la raza humana, es decir, de la criatura animada más amada por Dios, por lo más puro que existe en la naturaleza, el cielo.

 

115. Además de los grupos mencionados ya, también el coro de las Pléyades se compone de siete estrellas, cuyas apariciones y desapariciones llegan a ser origen de grandes beneficios para todos, pues cuando ellas se ocultan se trazan los surcos para la siembra; cuando están próximas a reaparecer, anuncian el tiempo de la cosecha; y, elevadas ya, excitan a los jubilosos labradores para la recolección de los indispensables alimentos, y ellos con alegría acopian las reservas para el diario consumo.

 

116. También el sol, el magno señor del día, que dos veces cada año, en primavera y en otoño, produce sendos equinoccios, el de primavera en la constelación de Aries, y el de otoño en la de Libra,40ofrece una clarísima prueba de la excelsa dignidad del número siete. Cada uno de los equinoccios, en efecto, tiene lugar en el séptimo mes, y durante ellos se distribuyen por disposición de la ley las celebraciones de las más importantes y más vinculadas a la nación entre las fiestas, por cuanto en uno y otro llegan a su madurez todos los frutos de la tierra; en primavera el fruto del trigo y de todos los demás sembrados; en otoño el de la viña y de la mayoría de los otros árboles frutales.

40En la época de Filón (s. I d. C.) los judíos hacían comenzar el año sagrado o religioso en primavera, y el civil en otoño.

 

117. XL. Dado que las cosas de la tierra dependen de las del cielo de conformidad con cierta natural simpatía, el principio del número siete habiendo comenzado desde lo alto, descendió también hacia nosotros y visitó a las especies mortales. Por ejemplo, si no contamos a la parte rectora de nuestra alma,41el resto está dividido en siete partes, que son: los cinco sentidos, el órgano de la expresión y finalmente el de la generación. Todos ellos, como en los espectáculos de títeres, movidos por los hilos de la inteligencia, ora permanecen quietos ora se mueven, cada uno con las actitudes y los movimientos apropiados.

41Es decir, la inteligencia.

 

118. Hallará, asimismo, que son siete tanto unas como otras, quien se abocare a examinar las partes externas y las internas de nuestro cuerpo. En efecto, las partes visibles son: cabeza, pecho, vientre, dos brazos y dos piernas; y las internas, llamadas entrañas, son: estómago, corazón, pulmón, bazo, hígado y dos riñones.

 

119. Es más, la cabeza, que es parte principal de la criatura animada, hace uso de siete partes esencialísimas: dos ojos, dos oídos, dos fosas nasales y, en séptimo término, la boca; a través de la cual, como dijo Platón,42tienen su entrada las cosas mortales, y su salida las inmortales. Penetran, en efecto, por ella comidas y bebidas, alimentos perecederos de un cuerpo perecedero, en tanto que salen palabras, normas inmortales de un alma inmortal, mediante las cuales es guiada la vida racional.

42Platón, Timeo75 d.

 

120. XLI. Los objetos que se distinguen a través del más elevado de los sentidos, la vista, participan de este número por sus clases. Siete, en efecto, son las especies visibles: cuerpo, distancia, forma, tamaño, color, movimiento y reposo; fuera de las cuales no hay otra alguna.

 

121. Mas he aquí que también las variantes de la voz son siete en total: aguda, grave, circunfleja, aspirada la cuarta, no aspirada la quinta, larga la sexta, y breve la séptima.

 

122. Y ocurre también que los movimientos son siete: hacia arriba, hacia abajo, hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia delante, hacia atrás y en círculo; movimientos que se distinguen con el máximo de claridad en los espectáculos de danza.

 

123. A dicho número, también, se limitan, así aseguran, las secreciones que fluyen a través del cuerpo, a saber: las lágrimas, que se derraman a través de los ojos; los flujos cefálicos, que lo hacen a través de las fosas nasales; la saliva, que se escupe por la boca; a los que hay que agregar dos receptáculos, uno delante y otro detrás, para la eliminación de las sustancias superfluas; la sexta es el sudor, que fluye a través de todo el cuerpo, y la séptima, la muy acorde con la naturaleza, emisión de semen a través de los órganos genitales.

 

124. Asegura, además, Hipócrates, hombre versado en los procesos naturales, que el semen se solidifica y fija formándose el embrión en siete días. Por otra parte, a las mujeres les sobreviene el flujo mensual hasta un máximo de siete días y siete meses tarda la naturaleza en hacer que los frutos del vientre se desarrollen plenamente; de lo que resulta algo sumamente paradójico: los infantes sietemesinos sobreviven, en tanto que los gestados durante ocho meses normalmente no pueden conservarse vivos.

 

125. También las graves enfermedades corporales, en especial los persistentes ataques de fiebre, debidos al desequilibrio de nuestras potencias interiores, hacen crisis generalmente en el séptimo día; él, efectivamente, decide la lucha por la vida, asignando a unos el restablecimiento, y a otros la muerte.

 

126. XLII. El poder de este número no sólo está estrechamente afincado en los campos ya mencionados, sino también en las más excelentes de las ciencias, es decir, la gramática y la música. En efecto, la lira de siete cuerdas, correspondiente al coro de los planetas, produce las melodías preferidas, y constituye prácticamente la pauta a la que se ajusta toda la construcción de instrumentos musicales. Y en la gramática, siete son las letras llamadas propiamente vocales en razón de que es evidente que suenan por sí mismas, y cuando se unen a otras letras producen sonidos articulados.43Por una parte, en efecto, completan aquello que les falta a las semivocales haciendo que los sonidos de éstas se tornen plenos; y por otra, transforman la naturaleza de las consonantes infundiéndoles su propio poder para que de letras impronunciables que sonse conviertan en pronunciables.

43Vocales, en griego phonéenta = sonantes, por oposición a las hemíphona = semisonantes o semivocales, que según los gramáticos griegos eran l, m, n, r, ps, x, ds;y a las áphona = nosonantes o consonantes. Filón justifica el nombre de las sonantes o vocales asociando su efecto acústico con el hecho de sonar (phoneisthal)y el sonido (phoné).

 

127.Estas razones explican a mi parecer, por qué los que originalmente asignaron nombres a las cosas, como sabios que eran, llamaron “siete” a este número derivándolo de la veneración de que es objeto y de la majestad que le es propia.44Los romanos, al añadir la letra s, omitida por los griegos, destacan, conmás claridad aún el parentesco, pues lo llaman, con más propiedad, “septem” derivándolo, según se ha dicho, de “majestuoso” y de “veneración”.45

44Establece Filón un imaginario parentesco entre la familia de palabras formada por los términos sebasmós = reverencia; semnótes = majestad; semnós = venerable, entre otros, y heptá (derivado de septá, y éste de septm) = siete.

45En cuanto a la sinicial del término romano o latino septem, que, según nuestro autor, hace más patente ese parentesco, se trata simplemente de la conservación de la forma primitiva, no de un agregado; en tanto que en la forma griega, dicha sse transformó en la aspirada que transliteramos al español por h.

 

128. XLIII. Éstas y otras más son aseveraciones y meditaciones filosóficas, acerca del número siete, merced a las cuales este número ha alcanzado las más altas honras en la naturaleza. Lo honran los más ilustres investigadores griegos y no griegos que se ocupan de la ciencia matemática, y muy especialmente ha sido honrado por Moisés, el amante de la virtud. Moisés registró su hermosura en las sacratísimas tablas de la ley, y la imprimió en las inteligencias de todos los que lo han acatado, al disponer que al cabo de cada seis días observaran como sagrado el séptimo, absteniéndose de todas las labores destinadas a procurarse sustento, y aplicados a una sola cosa: a meditar con miras a un mejoramiento del carácter y a someterse a la prueba de su conciencia, la cual, establecida en el alma como un juez, no se queda corta en sus reprimendas, empleando unas veces enérgicas amenazas, y otras, suaves advertencias, amenazas en los casos de mal proceder evidentemente premeditado, advertencias a fin de que no se vuelva a incurrir en lo mismo en los casos en que se ha faltado involuntariamente y por falta de previsión.

 

129. XLIV. En un sumario epílogo del relato de la creación del mundo dice Moisés: “Este es el libro de la creación del cielo y de la tierra, cuando comenzaron a existir, en el día en que Dios hizo el cielo y la tierra, y toda verdura del campo antes que existiera sobre la tierra, y toda hierba del campo antes que brotase” (Gén. II, 4-5.) ¿No nos está presentando claramente a las incorpóreas formas ejemplares, aprehensibles por la inteligencia, que sirvieron como sellos para la completa conformación de los objetos sensibles? Antes que la tierra produjera verdes brotes, la verde vegetación en sí existía, se nos dice, en la naturaleza de las cosas incorpóreas; y antes que la hierba surgiese en el campo, había una hierba invisible.

 

130. Hemos de suponer que también el caso de cada uno de los demás objetos que distinguen nuestros sentidos, previamente existieron formas y medidas más antiguas mediante las cuales adquirían forma y dimensión las cosas que llegaban a existir; porque si bien no ha tratado todas las cosas en detalle sino de manera conjunta, preocupado como el que más por ser breve en las exposiciones, no es menos cierto que las pocas cosas que ha dicho son indicaciones que valen para la naturaleza de todas las cosas, la cual no lleva a cabo la producción de ninguna de las cosas de orden sensorial sin recurrir a un modelo incorpóreo.

 

131. XLV. Ateniéndose a la sucesión de los hechos, y observando fielmente el encadenamiento de las cosas precedentes con las siguientes, dice a continuación: “Y de la tierra brotó una fuente, y regó toda la superficie de la tierra” (Gén. II, 6.) Los demás filósofos afirman que toda el agua es uno de los cuatro elementos de que está hecho el mundo. Moisés, en cambio, gracias a que con visión más aguda está habituado a contemplar y aprehender exactamente aún las cosas más remotas, entiende que el gran mar que sus continuadores llaman océano, reconociendo que los mares navegados por nosotros tienen dimensiones de puertos comparados con él, es uno de los elementos, una cuarta porción del universo; pero distinguió el agua dulce y potable del agua salada del mar, y la asignó a la tierra, considerándola una parte de ella, no del mar, por la razón expuesta anteriormente, es decir, que la tierra mantiene su cohesión, cual si estuviese atada, gracias a la dulce cualidad del agua, semejante a una adherente cola. Porque, si se la hubiese dejado seca sin que la humedad la penetrase y se esparciese en todos los sentidos a través de sus poros, estaría ya desintegrada. Conserva, sin embargo, su cohesión y perdura gracias, en parte, al poder unificador del aliento vital, y en parte, porque la humedad impide que, desecada, se desintegre en pequeños y grandes fragmentos.

 

132. Esa es una causa; pero hemos de mencionar también otra que apunta hacia la verdad como hacia un blanco. Es ley natural que ninguna de las criaturas nacidas de la tierra adquiera su conformación sin sustancia húmeda. Lo ponen en evidencia las simientes depositadas, las que o son húmedas, como las de los seres animados, o no germinan sin humedad, tal como sucede con las de las plantas. Se colige de ello claramente que dicha sustancia húmeda no puede ser sino parte de la tierra, que engendra todas las cosas; siendo su papel análogo al de la corriente de los flujos mensuales para las mujeres. Entre los estudiosos de las cosas de la naturaleza se dice, en efecto, que estos flujos constituyen la sustancia corpórea de los embriones.

 

133. Lo que he de mencionar también está de acuerdo con lo que acabamos de decir. La naturaleza, preparando de antemano la alimentación del futuro hijo, ha proporcionado a cada madre, como parte esencialísima de ella, senos, de los que dicho alimento mana como de una fuente. También la tierra es, evidentemente, una madre; y por eso los primeros hombres consideraron apropiado llamarla Deméter, combinando los términos “madre” y “tierra”.46No es la tierra, en efecto, quien imita a la mujer, sino la mujer quien imita a la tierra, como dice Platón.47Los poetas acostumbran llamarla acertadamente “madre universal”, “portadora de frutos”, “dadora de todas las clases de frutos”, porque es la causa del nacimiento y conservación de todos los animales y las plantas por igual. Con razón, pues, también a la tierra, la más antigua y fecunda de las madres, ha proporcionado la naturaleza, a modo de senos maternos, corrientes de ríos y fuentes para el riego de las plantas y para que los seres animadosdispongan de abundante bebida.

46O sea, = tierra, y méter = madre.

47Platón, Menéxeno238 a.

 

134. XLVI. A continuación dice que “Dios formó al hombre tomando polvo de la tierra, y sopló en su cara el aliento de la vida” (Gén. II, 7.) También con estas palabras establece clarísimamente que existe una total diferencia entre el hombre formado ahora y aquel que anteriormente había llegado a la existencia “a imagen de Dios”.48En efecto, el hombre formado ahora era perceptible por los sentidos, partícipe ya de la cualidad, compuesto de cuerpo y alma, varón o mujer, mortal por naturaleza; en tanto que el creado a imagen de Dios era una forma ejemplar, un ente genérico, un sello, perceptible por la inteligencia, incorpóreo, ni masculino ni femenino, incorruptible por naturaleza.

48Ver el parágrafo 76.

 

135. Dice que el hombre individual, perceptible por los sentidos, es por su constitución un compuesto de sustancia terrestre y aliento Divino. Dice, en efecto, que, después que el Artífice hubo tomado polvo, y de haber modelado con éste una forma humana, el cuerpo adquirió existencia; pero que el alma no se originó de ninguna cosa creada en absoluto, sino del Padre y Soberano del universo, porque no otra cosa era lo que Éste sopló sino un Divino aliento llegado desde aquella dichosa y feliz naturaleza a esta colonia que es nuestro mundo, para provecho de nuestra especie, a fin de que, aunque su porción visible es mortal, pudiera en lo que respecta a la porción invisible convertirse en inmortal. Por ello, con toda razón se puede decir que el hombre está en el límite entre la naturaleza mortal y la inmortal, participando de una y de otra en la medida de lo necesario, y que ha sido creado mortal e inmortal al mismo tiempo, mortal en lo que atañe al cuerpo, inmortal en lo que toca a su inteligencia.

 

136. XLVII. En mi opinión, aquel primer hombre nacido de la tierra, fundador de todo el género humano, al ser creado fue dotado de las mejores cualidades en una y otra parte de su ser, es decir, en su alma y en su cuerpo, y fue muy superior a los que vinieron después por sus sobresalientes cualidades en ambos elementos. Es que aquel hombre era realmente hermoso y bueno de verdad. Con tres hechos podría probarse que era hermosa la constitución de su cuerpo. El primero es el siguiente: como hacía poco que había aparecido la recién formada tierra, al separarse de ella la gran masa de agua que recibió el nombre de mar, sucedía que la materia de las cosas creadas era sin mezcla, pura e incontaminada, y aun maleable y fácil de trabajar, y que las cosas producidas con ella eran, naturalmente, irreprochables.

 

137. La segunda prueba es ésta: no es verosímil que Dios haya tomado polvo de la porción de tierra que primero le vino a mano, al concretar con diligencia suma su propósito de modelar esta figura de forma humana; antes bien es razonable pensar que haya seleccionado lo mejor de toda la tierra, lo más puro y altamente refinado de la materia pura, lo que más se adaptaba para su estructura. Porque lo que fabricaba era una residencia o sagrado santuario para el alma racional; alma que el hombre había de llevar como una sagrada imagen, la más semejante a Dios de todas las imágenes.

 

138. La tercera prueba, incomparablemente más convincente que las ya mencionadas, es que el Creador, así como es excelente en las demás cosas, lo es también en la ciencia, como para hacer que cada una de las partes del cuerpo tuviera en sí misma individualmente las debidas proporciones, y resultara exactamente apropiada para participar en la conformación del todo; y así, ajustándose a esa simetría de las partes, modeló carnes lozanas y las pintó con bellos tonos, queriendo que el primer hombre ofreciera a la vista el más hermoso aspecto posible.

 

139. XLVIII. Es evidente que también el alma del primer hombre era excelente. No cabe pensar que para su formación el Creador haya empleado como modelo a otra cosa alguna de las creadas, sino solamente, como dije, a Su propio logos. Por eso dice Moisés que el hombre ha sido creado como imagen e imitación de éste al ser soplado en el rostro, donde se halla la sede de los sentidos. Con éstos el Creador tornó animado al cuerpo, y, una vez que hubo instalado en la parte rectora de ésta 49a la soberana razón, se los concedió como escoltas para las percepciones de los colores, sonidos, sabores, olores y cualidadessemejantes, que sin la percepción sensorial ella por sí misma no hubiera sido capaz de aprehender. Ahora bien, fuerzaera que la imitación de un modelo de belleza plena fuera plenamente hermosa; y el logos Divino es superior a la bellezamisma, a la belleza tal cual existe en la naturaleza; no porque esté adornado por la belleza, sino porque él mismo, a decir verdad, es el más hermoso adorno de la belleza.

49En la inteligencia.

 

140. XLIX. Con esas cualidades fue creado el primer hombre, a mi parecer, superior en el cuerpo y en el alma a los hombres de nuestra época y a los que han existido antes de nosotros. Es que a aquél lo creó Dios, en tanto que nuestro nacimiento procede de hombres, y cuanto mayor es la calidad del autor, tanto mayor es también la de lo producido. Por cierto que, así como lo que se halla en la plenitud de su ser es superior a aquello cuya plenitud pertenece al pasado, ya se trate de un animal, de una planta, de un fruto o de cualquier otra cosa de las que existen en la naturaleza, del mismo modo cabe pensar que el primer hombre que fue modelado constituyó la plenitud del ser de toda nuestra especie, en tanto que sus descendientes ya no alcanzaron esa plenitud igualmente, y fueron recibiendo formas y poderes siempre más apagados de generación en generación.

 

141. Yo he observado idéntica cosa en el caso de las esculturas y pinturas: las copias son inferiores a los originales, y las pinturas y modelados sacados de copias, mucho más inferiores aún debido a la gran distancia que los separa del original. También el imán presenta una experiencia análoga: aquel de los anillos de hierro que está en contacto con él cuelga adherido con toda firmeza; el que toca al que está en contacto directo lo hace con menos fuerza; el tercero pende del segundo; el cuarto del tercero, el quinto del cuarto y los demás unos de otros en larga serie, unidos todos por una sola fuerza de atracción, sólo que no de la misma manera, puesto que los que están suspendidos lejos del punto de partida lo están con menos intensidad siempre, por cuanto la fuerza de atracción se debilita y ya no puede retener en la medida de los primeros. Es evidente que algo análogo le ocurre también a la raza de los hombres, los que de generación en generación han ido recibiendo más debilitadas las fuerzas y cualidades.

 

142. Ajustándonos a la más estricta verdad, diremos que aquel primer antepasado de la raza humana fue no sólo el primer hombre sino además el único ciudadano del mundo. El mundo, en efecto, era su morada y su ciudad, y, aunque no hubiera sido erigida construcción alguna de piedra y de madera, pasaba sus días con total seguridad como en su país natal, ajeno al temor, ya que había sido considerado digno de regir a todos los seres terrestres, y todas las criaturas mortales temblaban ante él y habían sido enseñadas y forzadas a obedecerle como a un señor; y vivía libre de todo peligro en medio de los goces propios de una paz nunca interrumpida por guerras.

 

143. L. Ahora bien, puesto que todo estado bien regido se ajusta a una constitución, era necesario que el ciudadano del mundo se rigiese por la constitución por la que se rige el mundo entero. Y esta constitución es el recto orden de la naturaleza, llamada con más propiedad “sagrada norma”,50pues se trata de una Divina ley, conforme con la cual fue asignado a cada cosa lo que le convenía y correspondía. Preciso era que en este estado y bajo esta constitución existieran antes del hombre ciudadanos, a los que con justicia podría calificarse de ciudadanos del Gran Estado, ya que les cupo como residencia el más dilatado de los ámbitos, y fueron inscriptos en el padrón del más grande y perfecto de los estados.

50Thesmós, término que expresa toda norma o disposición emanada de la voluntad de los dioses, la ley divina o natural por oposición al nómos, o ley redactada por legisladores humanos.

 

144. ¿Y qué podían ser estos ciudadanos sino racionales y Divinas naturalezas, unas incorpóreas y aprehensibles por la inteligencia, [y] otras no carentes de cuerpos, como en el caso de los astros? En estrecha relación y convivencia con ellos, el hombre pasaba sus días en medio de una felicidad pura; y siendo estrechísimo su parentesco con el Soberano pues el Divino aliento se había derramado abundantemente sobre él, se empeñaba en decir y hacer todo de modo de complacer a su Padre y Rey, siguiéndolo paso a paso por las sendas que las virtudes trazan a modo de caminos reales, porque únicamente a las almas que tienen por meta el asemejarse a Dios, su Creador, les es lícito aproximarse a Él.

 

145. LI. Aunque con trazos muy inferiores a la verdad, hemos señalado en la medida de nuestras posibilidades al menos, la hermosura que en ambas partes de su ser, el cuerpo y el alma, poseía el primero que fue creado entre los hombres. En cuanto a sus descendientes, partícipes, como son, de la misma forma ejemplar que aquél, necesariamente habrían de conservar las marcas de su parentesco con su primer antepasado, aun cuando ellas estén borrosas.

 

146. Pero, ¿en qué consiste ese parentesco? Todo hombre por su inteligencia está íntimamente vinculado con ellogosDivino, pues es como una impresión, fragmento e irradiación de aquella bienaventurada naturaleza; en tanto que en la conformación de su cuerpo está vinculado con el mundo todo, pues es un compuesto de los mismos elementos de que lo está éste, a saber: tierra, agua, aire y fuego, habiendo aportado cada uno de ellos la porción necesaria para completar la cantidad exactamente suficiente, que el Creador habría de tomar para elaborar esta imagen visible.

 

147. Además, el hombre reside, como en sitios sumamente familiares y afines a él, en todos los mencionados elementos, cambiando de lugares y frecuentando ora uno ora otro; de modo que con toda propiedad se puede decir que el hombre es un ser de todos ellos: de la tierra, del agua, del aire y del cielo. En cuanto que habita y transita sobre la tierra es un animal terrestre; en cuanto que muchas veces se zambulle, nada y navega es acuático. Clarísimo testimonio de esto último son los mercaderes, los capitanes de barcos, los pescadores de púrpuras y todos los que se aplican a la pesca de ostras y peces. Por cuanto su cuerpo es elevado y está suspendido apuntando desde la tierra hacia lo alto, bien puede decirse que es una criatura del aire; y también podemos decir que es del cielo, puesto que está en estrecho contacto con el sol, la luna y cada uno de los restantes astros errantes y fijos a través del sentido de mayor autoridad, es decir, la vista.

 

148. LII. Totalmente acertado es el haber atribuido al primer hombre la asignación de los nombres.51Porque tarea es ésta propia de la sabiduría y la realeza, y el primer hombre era sabio con un saber adquirido espontáneamente sin mediación de maestro alguno, como que se trataba de un ser salido de las manos Divinas; y además rey. Y compete a un soberano el dar nombre a cada uno de sus súbditos. Y es razonable pensar que el poder de mando de que estaba investido aquel primer hombre, al que Dios había modelado con solicitud y había considerado digno del segundo lugar, colocándolo como Su propio virrey y como soberano de todas las demás criaturas, era extraordinario; pues los hombres nacidos muchas generaciones después, aunque han perdido ya la vitalidad de la especie a causa de las largas edades transcurridas, conservan todavía sin mengua su dominio sobre las criaturas irracionales manteniendo la que podríamos llamar antorcha de la soberanía y la realeza heredada del primer hombre.

51Gén. II, 19.

 

149. Así, dice Moisés que Dios condujo todos los animales a la presencia de Adán, queriendo ver qué nombre asignaría a cada uno de ellos; no porque tuviera alguna duda; que nada hay oculto para Dios; sino porque sabía que había forjado en un ser mortal la natural capacidad de razonar por su propio impulso, para, de ese modo, permanecer Él mismo sin participación alguna en el vicio. Lo que hacía, en realidad, era poner a prueba a aquél, como quien guía a un discípulo, despertando la capacidad en él depositada, e impulsándolo a dar pruebas de suspropias obras, a fin de que confiriera por sí mismo las denominaciones, y no inadecuadas ni desacordes, sino tales que pusieran de manifiesto con toda claridad los rasgos de las criaturas que los llevarían. 

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